La esperanza

Ahora que el tiempo ha amainado, que las luces del alba ocultas han liberado a las tinieblas, ¿pensé en conservar intacta la dignidad de cada recuerdo  detrás del cual se esconde mi existencia? El pesar me ha guiado a contemplar más allá, lejos del presente, donde ellos me apuñalaban y padecía el menguar de mi esperanza. Y nunca consideré equitativamente la dignidad de ninguno porque he sollozado por los brindis y promesas que nunca se hicieron realidad; y porque quizás primero fue y luego pudo haber sido. Me han frenado en seco, y abofetearon mis mejillas hasta que mis ojos sangraron. Puede que sea la culpable de dejar escapar el día de entre mis resbaladizos dedos por pensar en lo que pudo suceder y nunca tuvo lugar. Y, tal vez, la explicación sea que lamento lo terrible pero jamás presto atención a aquello que cura con tiritas mis comisuras para prestarme una sonrisa.

Juro que aprenderé a aceptarlo porque nunca pienso en el radiante calor que, en ocasiones, caldeó mi gélida visión; y calmó las nieblas que ensombrecían los rayos del sol. Batallé incansablemente como una heroína, pero sin motivación; medí mis carentes fuerzas contra un enemigo mayor sin tener un aliado cuando nunca había un solo adversario. Por lo que he dejado mi último aliento en una causa perdida, desperdiciado sobre la arena teñida de la sangre que se derramó por mis mejillas. Ahora que acabo de lamer mis heridas, mi aliado aguarda a no ser ignorado para tomar venganza juntos en esta cruenta guerra entre los recuerdos gratos y los dolorosos.


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