El reloj

En ocasiones, la vida es  como un cigarrillo: se va consumiendo con el paso de los días, el paso de los segundos. Su humo no llena mi alma, solo me deja un enorme abismo, únicamente poseo el inmenso y pesado vacío. 
Todo se colma de un silencio abrumador y absurdo entre estas cuatro barrocas paredes, que antaño susurraban su desconsuelo a esos oídos ya enterrados; se atesta de esta irrespirable y agotadora mudez entre este emperifollado cuarteto, que antaño cantaba su desconsuelo. 
La radio, abandonada en un recoveco de la estancia, no hinche el cuarto, solo empapuza el corazón atiborrado; solo atiborra a quien ya lo tiene saciado. 
El embaldosado mar, deliberadamente derramado, retrata con pincelada exacta: el vacío de esta lúgubre estancia porque el reloj empuja las horas, bate los minutos y descorcha los segundos en un suspiro perenne.

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