Reflexiones V

El inmenso firmamento se halla en su común y desconocido frenesí; se mueve sin cesar ni ralentizar su marcha. Su retoño es la madre tierra, cuyas entrañas crujen vehementes. Su regazo nos acuna con un carácter inconstante; unas veces nos cuida sabia y otras nos zarandea cruel. Somos sus vástagos, nacidos hace siglos de su férreo útero; saciados con sus aguas y alimentados con sus frutos. Es la mano que nos da de comer y, al mismo tiempo, es la zarpa cuyo furor nos sobrecoge. Es erudita y justa; si descuidamos los brazos que nos abrigan, la temperatura será veleidosa por su pesar. En los días en que sus ojos lloran, se desbordan los ríos; en los que grita, crujen los cielos; cuando es impasible, nos atiza con gélidos vientos para helar nuestra alma; y en los momentos en los que es dichosa, nos mantiene templados.
Es nuestra predecesora, y también nuestra contemporánea. Nos oye berrear al nacer, nos contempla crecer durante décadas, casarnos y tener progenie; y al ornamentar las arrugas nuestro rostro, llega el día en el que nos observa fallecer hasta corroernos de nuevo en su tenaz útero. Es la eterna visión de esta anciana madre, que ha vivido tanto como para escribir la historia de cada alma que ha poblado este mágico mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada