Yerma

Benditos sean los ojos que te miran con cariño; pues acongojados reunirán sus lágrimas y las dejarán caer a su libre albedrío. Codiciado sea el roce de tus besos; húmedos sus labios suplicarán el aliento de los tuyos. Grata será tu mano sobre la suya; pues dichosa bamboleará su corazón nervioso. Y he aquí el despertar del gran sentimiento que llena de goce su innoble cuerpo; mutilado por las penas y desgracias que atormentan su melancólica alma. Así pues, ¿está tu aura preparada para verse turbada por la mía? ¿Podrás mirarme en el espejo marchito cada día? ¿Acaso no acabarás abrumada por el desprecio, y no extasiada por una burda mentira? 
Ese efecto efímero para unos y eterno para otros, impredecible como una inesperada tromba tormentosa; ¿acaso quieres vivir en el inmenso y vacío desasosiego? ¿Quién va a embelesarse con el brillo de mis apagados ojos; caldeará su helado cuerpo en el fuego extinguido de una hoguera? ¿Alguien bailaría desnudo a la intemperie en pleno invierno y sin ninguna melodía? ¿Quién reiría en un funeral? Pues sabed que estoy exánime y desierta por dentro, ya no hay sensibilidades, tan solo quedan los anhelos deseados de un sueño inalcanzable. Un utópico añoro interminable. 
Malditas sean mis elucubraciones viles del presente. Bienvenida sea la incertidumbre por el mañana; la duda que oso aclarar sin ser adivina.

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