Luminiscente ser

Todo es tan pacífico cuando te mantienes al margen, cuando eres un eclipse más, que se mueve a través de la penumbra. Surcando el cielo en un navío a través de un ondulante mar etéreo, intangible y sublime.
Y cuando crees que el gran rey acaricia tus huesos con su cálido destello, que eres más deslumbrante aún por su centelleo y que nada puede retornar a las tinieblas, todo se derrumba.
Inevitablemente, te crees perdida, desolada y sin vida porque aunque intentes salir de tu guarida interior, nunca consigues poner un pie fuera; eres tan rutilante y cálida que los ojos que te contemplan ven que mereces una cuantiosa atención. Por eso permaneces escondida, aislada; e imperecedera tornas en la gélida noche. 
La incandescencia arriba; ambiciona deslumbrarte con las maravillas que trae para obsequiarte y granjearse tu conversión, transfigurando tu rostro. 
Todo se complica en este preciso momento; en el cual debes sacrificar demasiado para dejar de ser lo que ahora aparentas. Su calurosa chispa te hará desvanecerte como la pequeña sombra que eres. Y finalmente, zozobrarás en este agua incorpórea.
No quieres dejar de brillar porque solo eso, aunque sea poquito, te mantiene en pie. Porque eso es lo que te da la vida, ya seas umbría o fulgor. Ya lo has bautizado como un elemento necesario, notarás su ausencia. Íntegramente se irá desquebrajando tu paraíso, de golpe o lentamente, y entre penumbras habrás retornado a tu lúgubre cueva.
Y así llegas a un mentiroso final. Irás regresando eternamente, proseguirás tu eterna existencia; habiendo exhibido día a día tu preocupación por una gran mentira. Recelando de ese desenlace adulterado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada