Poesía de verano


Flores puras y coloridas repartidas por el verde césped más allá de la ventana. Se mecen rítmicamente al compás del viento, hipnotizan a aquellos ilusos que osan observarlas. Protegidos por el cristal, atrevidos, las diseccionan en su belleza aprovechando el paso del tiempo detenido. Sus almas, en su ensoñación pasiva, permiten ser columpiadas por la corriente de aire, ser desgajadas con la mirada crédula sin oposición ninguna, sumergidas en el anhelo suplicante por el cambio. Elucubran sobre la luminiscencia mágica que las hace resplandecer en la oscuridad del mundo. En su coquetería presumen de ser rozadas por el gran rey. Las preguntan la causa de su eterno movimiento sin respuesta. El silencio imponente las viste de hermosas y de misteriosas. Investigan en los sentimientos escondidos el porqué de su hermosura. La eternidad vivida acomplejada de efímera concluye con el escondite del monarca. 

El momento antes del cambio a menudo aletarga ante las consecuencias, a menudo amedranta ante la decisión inminente. 

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