Reflexiones III

Todos creen que la belleza de alguien se ve en su físico, yo creo que se esconde en la mirada; no en el ojo, ni la vista, sino en la forma en la que esa persona contempla el mundo. Puede ser ambiciosa, melancólica, enfadada, nerviosa, pasiva... Es la mirada la que sentencia tu verdadera personalidad; la que muestra al mundo sin reparos qué oculta tu corazón de hielo o fuego.
Yo hallé esa mirada ambiciosa y, a la misma vez, melancólica; era un ser viviente adormilado. La poseí entre mis dedos delicadamente. La contemplé. La desgrané como se desgrana un invento desconocido y saqué momentos y cavilaciones, que me hicieron adepta a ella. La amé. La aprecié.
Luego me topé con una profunda y, a la misma vez, nostálgica. No pregunté. No insistí. Al principio no supe la razón del maldito martirio que la asolaba, pero el tiempo desveló su propia esencia. Se ocultaba del mundo en su pequeña caja de cristal repleta de lágrimas, y allí dentro se condolecía como una minúscula criatura torturada por la soledad de sí misma. No había luz allí dentro, aunque fuera sí la hubiera. No había presencia ninguna en el interior, tan solo ella misma. Una vez elucubré sobre ello, más incluso la amé.
En mi eterno errar me encontré con otra mirada que al instante hizo brincar de curiosidad a la mía; no por ser peculiar en su propia tristeza, sino por trasmitirme la pasividad y alegría que mi alma no tenía la oportunidad de gozar. A pesar de esto, se encerraba tras el reflejo de sí misma para no verse. Se creía que era tan inmunda e insignificante que se medía con sus semejantes en altura; así se afirmaba tan pequeña como se estimaba. Sin embargo, sus comisuras siempre desprendían sonrisas aniñadas y, por entre sus delgados labios, se escapaban palabras acomplejadas por sacar el jugo de la felicidad misma. Por esto último, aprecié cada palabra y amé cada sonrisa diferente en cada momento. Necesité seguir la estela de esa mirada en mi afán por imitar la felicidad inexistente en mí. Y me prendí de su aroma como si se tratase de una hermosa rosa de color rojo, cuyos pétalos hubiera ido encontrando por mi camino hasta contemplarla con mi propia mirada.

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