La esperanza

Ahora que el tiempo ha amainado, que las luces del alba ocultas han liberado a las tinieblas, ¿pensé en conservar intacta la dignidad de cada recuerdo  detrás del cual se esconde mi existencia? El pesar me ha guiado a contemplar más allá, lejos del presente, donde ellos me apuñalaban y padecía el menguar de mi esperanza. Y nunca consideré equitativamente la dignidad de ninguno porque he sollozado por los brindis y promesas que nunca se hicieron realidad; y porque quizás primero fue y luego pudo haber sido. Me han frenado en seco, y abofetearon mis mejillas hasta que mis ojos sangraron. Puede que sea la culpable de dejar escapar el día de entre mis resbaladizos dedos por pensar en lo que pudo suceder y nunca tuvo lugar. Y, tal vez, la explicación sea que lamento lo terrible pero jamás presto atención a aquello que cura con tiritas mis comisuras para prestarme una sonrisa.

Juro que aprenderé a aceptarlo porque nunca pienso en el radiante calor que, en ocasiones, caldeó mi gélida visión; y calmó las nieblas que ensombrecían los rayos del sol. Batallé incansablemente como una heroína, pero sin motivación; medí mis carentes fuerzas contra un enemigo mayor sin tener un aliado cuando nunca había un solo adversario. Por lo que he dejado mi último aliento en una causa perdida, desperdiciado sobre la arena teñida de la sangre que se derramó por mis mejillas. Ahora que acabo de lamer mis heridas, mi aliado aguarda a no ser ignorado para tomar venganza juntos en esta cruenta guerra entre los recuerdos gratos y los dolorosos.


Evocaciones dolorosas

El trayecto de mis yemas recorre los recuerdos, alojados, en los recovecos de la memoria. Las gratas reminiscencias engrandecen mi alma, mas otras la menguan hasta el tamaño de un grano de arroz. Ante tal insoldable presencia, desangro mi propia existencia pues mi mellada espada no corta la piel de su mayor enemigo. Mis sollozos tan solo destierran con flaqueza el sabor agrio hospedado; y, a pesar de la insistencia derramada, un regusto amargo pervive en el interior de mi garganta cual huésped declarado.
Resulta aciago como un testimonio de remembranza paladeada. Así, con pesadumbre, mis ojos cerrados vislumbran con exactitud las palabras dichas por mi inconsciente repetidamente. En plena oscuridad de la cordura me ha abofeteado amedrantando mi ser con convertirse en realidad.


El verdadero verdugo

 El mundo es inhumano y monstruoso. Las truculencias de la vida devanan nuestros sesos; dejándolos a merced de la sociedad. Decapitan nuestra cordura; estrujan hasta el último sentido de cada parte de nuestra esencia. Y es cuando el mundo calla, cuando las bandadas de pájaros, espantadas, huyen; una dulce calamidad se avecina. Entonces, la oscuridad se alza imperiosa creando sus engendros ensombrecidos. La víctima es perseguida cual fugitiva desalmada y, ya sin aliento, pone fin a su caza. La presa está lista para ser devorada por sus semejantes.

Las jaurías de lobos desgarran la piel, elástica; roen la carne fresca con tremenda lentitud. Y el sacrificio primero grita, luego gime y, por último, yace inerte sobre el suelo desmembrado. Las cuencas de sus ojos se hallan vacías; su alma ya no habita su cuerpo. El mundo es cruel y atroz. 

El reloj

En ocasiones, la vida es  como un cigarrillo: se va consumiendo con el paso de los días, el paso de los segundos. Su humo no llena mi alma, solo me deja un enorme abismo, únicamente poseo el inmenso y pesado vacío. 
Todo se colma de un silencio abrumador y absurdo entre estas cuatro barrocas paredes, que antaño susurraban su desconsuelo a esos oídos ya enterrados; se atesta de esta irrespirable y agotadora mudez entre este emperifollado cuarteto, que antaño cantaba su desconsuelo. 
La radio, abandonada en un recoveco de la estancia, no hinche el cuarto, solo empapuza el corazón atiborrado; solo atiborra a quien ya lo tiene saciado. 
El embaldosado mar, deliberadamente derramado, retrata con pincelada exacta: el vacío de esta lúgubre estancia porque el reloj empuja las horas, bate los minutos y descorcha los segundos en un suspiro perenne.

El sueño

Un inmenso aire oprime mi pecho, llega a mi garganta, que parece ser ensanchada; saciados ambos, una extraña sensibilidad viene a mis labios y ojos. Veo anhelante tu perfil. Por encima de mi orgullo pervive la razón; devastada por la terrible experiencia del desconocimiento. Mi desasosiego se promulga por cada recoveco de mi desgraciado ser, y entre hueso y carne nace sorprendente la luminosidad al encontrarse nuestros luceros en un silencio bendito. Mi pecho, acongojado por el sufrimiento, requiere liberarse del yugo; mis ojos te suplican una fuga de su cárcel racional, ¿y tú qué haces? Volteas la cabeza dos veces, me contemplas, pero para mi pesar no avanzas.

Reflexiones V

El inmenso firmamento se halla en su común y desconocido frenesí; se mueve sin cesar ni ralentizar su marcha. Su retoño es la madre tierra, cuyas entrañas crujen vehementes. Su regazo nos acuna con un carácter inconstante; unas veces nos cuida sabia y otras nos zarandea cruel. Somos sus vástagos, nacidos hace siglos de su férreo útero; saciados con sus aguas y alimentados con sus frutos. Es la mano que nos da de comer y, al mismo tiempo, es la zarpa cuyo furor nos sobrecoge. Es erudita y justa; si descuidamos los brazos que nos abrigan, la temperatura será veleidosa por su pesar. En los días en que sus ojos lloran, se desbordan los ríos; en los que grita, crujen los cielos; cuando es impasible, nos atiza con gélidos vientos para helar nuestra alma; y en los momentos en los que es dichosa, nos mantiene templados.
Es nuestra predecesora, y también nuestra contemporánea. Nos oye berrear al nacer, nos contempla crecer durante décadas, casarnos y tener progenie; y al ornamentar las arrugas nuestro rostro, llega el día en el que nos observa fallecer hasta corroernos de nuevo en su tenaz útero. Es la eterna visión de esta anciana madre, que ha vivido tanto como para escribir la historia de cada alma que ha poblado este mágico mundo.

Yerma

Benditos sean los ojos que te miran con cariño; pues acongojados reunirán sus lágrimas y las dejarán caer a su libre albedrío. Codiciado sea el roce de tus besos; húmedos sus labios suplicarán el aliento de los tuyos. Grata será tu mano sobre la suya; pues dichosa bamboleará su corazón nervioso. Y he aquí el despertar del gran sentimiento que llena de goce su innoble cuerpo; mutilado por las penas y desgracias que atormentan su melancólica alma. Así pues, ¿está tu aura preparada para verse turbada por la mía? ¿Podrás mirarme en el espejo marchito cada día? ¿Acaso no acabarás abrumada por el desprecio, y no extasiada por una burda mentira? 
Ese efecto efímero para unos y eterno para otros, impredecible como una inesperada tromba tormentosa; ¿acaso quieres vivir en el inmenso y vacío desasosiego? ¿Quién va a embelesarse con el brillo de mis apagados ojos; caldeará su helado cuerpo en el fuego extinguido de una hoguera? ¿Alguien bailaría desnudo a la intemperie en pleno invierno y sin ninguna melodía? ¿Quién reiría en un funeral? Pues sabed que estoy exánime y desierta por dentro, ya no hay sensibilidades, tan solo quedan los anhelos deseados de un sueño inalcanzable. Un utópico añoro interminable. 
Malditas sean mis elucubraciones viles del presente. Bienvenida sea la incertidumbre por el mañana; la duda que oso aclarar sin ser adivina.

Insignificante

Aquí me hallo, con mis mejillas apoyadas sutilmente en la palma de mis frágiles manos. No esperen que derrame penas sobre esta yerma y árida tierra. Mi voz ronca se ha quedado muda; ya no hay quien logre entenderla. Mi alma vocifera trémula y sin ser oída; ya no desea ser de nuevo ultrajada. Mi dulce e inocente ánima no anhela las condolencias; tampoco la compasión efímera.

No pierdas tiempo; es una acción innecesaria. Es mejor que ahorres tus lágrimas para apaciguar tus demonios; arroja el líquido sobre su ira. Son tu temor real hacia la negra mancha de tu alma, no yo.

Luminiscente ser

Todo es tan pacífico cuando te mantienes al margen, cuando eres un eclipse más, que se mueve a través de la penumbra. Surcando el cielo en un navío a través de un ondulante mar etéreo, intangible y sublime.
Y cuando crees que el gran rey acaricia tus huesos con su cálido destello, que eres más deslumbrante aún por su centelleo y que nada puede retornar a las tinieblas, todo se derrumba.
Inevitablemente, te crees perdida, desolada y sin vida porque aunque intentes salir de tu guarida interior, nunca consigues poner un pie fuera; eres tan rutilante y cálida que los ojos que te contemplan ven que mereces una cuantiosa atención. Por eso permaneces escondida, aislada; e imperecedera tornas en la gélida noche. 
La incandescencia arriba; ambiciona deslumbrarte con las maravillas que trae para obsequiarte y granjearse tu conversión, transfigurando tu rostro. 
Todo se complica en este preciso momento; en el cual debes sacrificar demasiado para dejar de ser lo que ahora aparentas. Su calurosa chispa te hará desvanecerte como la pequeña sombra que eres. Y finalmente, zozobrarás en este agua incorpórea.
No quieres dejar de brillar porque solo eso, aunque sea poquito, te mantiene en pie. Porque eso es lo que te da la vida, ya seas umbría o fulgor. Ya lo has bautizado como un elemento necesario, notarás su ausencia. Íntegramente se irá desquebrajando tu paraíso, de golpe o lentamente, y entre penumbras habrás retornado a tu lúgubre cueva.
Y así llegas a un mentiroso final. Irás regresando eternamente, proseguirás tu eterna existencia; habiendo exhibido día a día tu preocupación por una gran mentira. Recelando de ese desenlace adulterado.

Reflexiones VI

Si el tiempo se parara, ¿el mundo enmudecería? ¿Cesaría su constante apremio con el tick-tock del reloj? ¿Podríamos dejar de avanzar paso a paso por esta tortuosa senda aunque solo fuera por un momento?
Si esto pasara, ya no tendríamos que andar tramos al raso; ni temer la llegada del rumor de la lluvia, empapándonos hasta los huesos.Y con esto, tampoco hotearíamos el horizonte en busca de un refugio. No volveríamos a enfilar el camino una y otra vez impávidos. Nuestros titánicos esfuerzos, por pisar con el pie correcto, no valdrían de nada. Ni siquiera nuestro itinerario para el futuro valdría la pena prepararlo.
Quizá el crear algún retazo de vida memorable no ocuparía nuestro tiempo. Incluso resollaríamos de aburrimiento a causa del lento girar del mundo. La densa monotonía nos engulliría. Haríamos hablar al tiempo pasado. Narraríamos anécdotas para aliviar nuestra frustración. Sufriremos en conjunto, pero no individualmente. Pero, ¿y si los acontecimientos de hoy se pararan de golpe? ¿A caso no suplicaríamos a la vida, en algún momento, que no fuera tan rápida?

Pugna de un mismo ser

Hoy declaro una tregua conmigo misma. Tras una lluvia de balas certeras, clamaré por la paz. Implorando la necesidad de respirar para supurar las heridas; aquellas que hoy lloran por el dolor pasado, que sangraron pedacitos de mi alma. Tal como toda guerra necesita una espera tensa como inauguración, todo oponente necesita reponerse tras la lucha.
Intento correr a través de la vida sin tropiezos. Jamás pude huir; soy la maldita presa. Plasmo a mi perseguidor indiscretamente en cada palabra que se escapa de mis labios. Le observo reflejado en cada gesto que interpreto del mundo. Y le he imitado en cada comportamiento el cual no llega a sorprenderme por su inteligente extrañeza. ¡He sido tan crédula! 
Después de todo, pienso que fui orquestada intencionadamente. Luego entiendo que, ilusa, respiré a través del aire para conseguir el deseo único e irreemplazable de sentirme comprendida; el mismo aroma a naftalina que nefastamente me embriagó en el presente.
Estoy formada por un pasado compuesto de retazos de recuerdos, episodios de una parte vivida, de una parte pasada. Ahora tengo que construir un futuro dejando atrás el largo camino recorrido. Sintiéndole sin amnesia; sintiendo los colmillos de sus fauces clavarse fuerte en mi esperanza.
Gritaré a estas cuatro paredes, al escaso viento, que necesito cambios en esta pesada huida. Ya no merece la pena tener su hostigadora compañía en la oscuridad de mi memoria;tampoco gritarle que se calle o escucharle en silencio para intentar aclarar mis ideas. Ya no tiene sentido nada de todo esto. Ahora toca dejar descansar la pólvora ardiente de las yemas de mis dedos; distanciar nuestras armas por un tiempo para dejar reposar al desgaste. El mundo no sufrirá, no enmudecerá ni se inmutará; todo seguirá girando en su correcta dirección. Y cuando la máquina de guerra vuelva a estar preparada, se encenderán sus motores para seguir funcionando a toda metralla como hasta ahora. Golpeará al azar cada miembro de mi ser. Goteará el sudor de mi esfuerzo entre las lágrimas que caigan del borde de mis ojos. Cuando todo acabe, ¿dónde quedarían alojados los recuerdos de aquella cruda batalla? 

La época helada

Este momento se convertirá en un recuerdo que formará parte de esta memoria obsoleta. Y por eso quiero augurar que vendo por partes la historia de un corazón roto, el cual solloza para sofocar su pesar. Aclama la necesidad de abandonar a la deriva lo que ahora tiene para padecer la melancolía, para apreciarlo tal y como merece. Y es que estoy hecha de pedacitos de recuerdos acumulados en mi memoria. Estoy marcada a fuego como un animal por cada uno de ellos. Cuando son evocados en los confines de mi testera, mi sangre hierve hasta tal punto que hace que se tambalee mi coherencia. Y gimoteo como una niña mientras entre todos mis sollozos se escapan lágrimas que intentan subsanar el dolor de mi interior. Puesto que estoy privada de mi aliento constante, el mismo que me da la vida; me han hurtado el sentido de morar en este globo porque entorpezco su curso natural; me han despojado de mi gracia, aquella que sacaba las carcajadas hospedadas en mis pulmones; y me han usurpado mi esencia, mi razón de ser.
Mi cuerpo sufre trastornado por cada reminiscencia revivida, y el mundo tan solo es capaz de avivar el fuego. Me convierte en un pelele a merced del mundo, de la sociedad; posicionado para recibir los golpes a los que hoy día me he amoldado. El mundo no empatiza con mis demonios, no convive en el averno junto a mi calvario. No tiene el valor suficiente para adentrarse en mi infierno personal, pero desde el exterior sopla para atizar sus llamas.
Y cuando solo queden brasas, arribará el frío. Llegará la época helada que con el tiempo cubrirá mis miembros de escarcha; entumecerá mis dedos que ya no podrán seguir atesorando con ímpetu la poca felicidad existente en mí. Hará perecer a mi cabello entre sudor y polvo de lo que un día fui. Y el nacer de mis uñas continuará alargando aquello que ya debería haber sucumbido; ellas seguirán creciendo como único testimonio que sentencie que la tristeza nunca muere.






Reflexiones IV

Como cada día, hoy tengo algo que contar sobre la vida. Debo intentar plasmar a conciencia un simple pensamiento, surgido del choque entre dos sentimientos opuestos; justo en el momento en el que una buena etapa concluye para dar paso a una mala. Y es difícil, ya lo creo que lo es, pero aquí estoy de nuevo intentándolo. Progresando en un estúpido crecimiento del que solo sacaré las cenizas que un día recrearon fuego.
Así que he pensado en el progreso de una vida sin sonrisas y en el lento discurrir del tiempo cuando este pesa sobre tus hombros. He necesitado no inmutarme del paso de los días. He divagado sobre todas estas cosas inútiles e incoherentes, he tenido en cuenta los detalles más absurdos; el recorrido que una comisura lleva a cabo a lo largo de una mejilla y el eterno recuerdo que deja una buena carcajada entre las costillas. Y he tomado una decisión: todo es pasajero.
También he averiguado que se declara a sí misma neutral; es atea en una lucha entre diferentes filosofías. Proclama en cada oído, que puebla el mundo, que es fiel lacaya del autismo. Se define como momentos que nos embargan a todos, y en cada uno atesora diversos colores de su carácter. Tonalidades dispersas en la regla de colores que rige el mundo porque nunca has sabido de antemano de qué color sería el siguiente día. No puedes vaticinar nada porque la vida es un misterio no resuelto. Su carácter confunde al que ha tratado durante años de cogerla de la mano para sincronizar su camino, e incluso al que ha escupido blasfemias en su cara. Lo único que está claro es que al final hay que comparecer ante ella para que nos encauce en nuestra travesía cuando una época mala concluye para dar paso a una buena.
Por ende concluyo-a medias porque todo es inconcluso- que nunca hemos podido adivinar qué será de nosotros en el mañana. Si viviremos o moriremos, si soñaremos o caeremos en la locura; y si lejos de la batalla habrá tiempo suficiente para poder lamer nuestras heridas o estas terminarán por matarnos por dentro. Para saberlo, hemos de esperar a ese choque entre la alegría y la tristeza, a esa mera alternancia caótica de dos sentimientos.

Embustera dulzura

Estuve pensando en la vida, y llegué a una conclusión: es una amarga ciruela, la cual vas devorando poco a poco con ansia; y cuando te cansas de masticar siempre la misma fruta, consigues aborrecerla. 
Queremos crecer rápido y con prisas cuando somos pequeños; damos bocanadas  al tiempo, exigiéndole que se apresure en avanzar. Pretendemos cambiar el aire, que día a día respiramos, porque lo encontramos demasiado cargado y conocido. Ansiamos tantas cosas a distintos intervalos de nuestra vida en un tiempo en el que la vida ha perdido su gracia; ha descuidado su magia. Procuramos seguir soñando, continuamos degustando una agria fruta aún sabiendo que su sabor no es de nuestro agrado. Dicen que cuanto más madura es, más dulce resulta.
¿Quién fue el genio que lo dijo?

Ebriedad irracional

La vida es un camino de cuatro senderos; una travesía perdida en un inmenso bosque sin fin.Tienes millones de caminos posibles para salir de él, pero nunca sabes a ciencia cierta a donde te va a llevar el que eliges. 
Es como beberse un vaso de agua pestilente a sorbos cortos. Cuando tienes que ingerirlo, sabes por su olor que el líquido de su interior te resultará amargo; sin embargo no depende de ti empinar el codo para dar el primer trago. No eres tú quien da el primer grito sentenciando al mundo que te declaras alcohólico de la vida.
La existencia se basa en un billete para embarcarse en un viaje repleto de hazañas; consciente de estar sumido en una incertidumbre por el mañana. Una senda en la que antaño has ido dejando tu rastro soltando miguitas de pan con el fin de evocar hoy tu pasado. Pero como toda obra, hay una caída de telón final. Y es entonces, cuando solo te queda el último trago de ese vaso, cuando has matado tu sed de vida haciendo de este cincuenta sorbos más.